noviembre 13, 2010

Bajo tierra

A pesar de los años que tenía conociendo a Alexis, doce o trece, y aún con todos los besos que me había robado, no habíamos tenido intimidad hasta esa noche. No me refiero a sexo, si no a otro tipo de intimidad, más cómplice, más insinuante.

Salimos del taxi y, por alguna razón que nunca supe, Alexis se quedó hablando con el chofer, ambos fuera del carrito negro y amarillo. Estábamos en la esquina de la casa de mi Tía Nena, al lado, la casa de mi Tía Terema y, más allá, la casa blanca de rejas verdes donde compraba barajitas para el álbum de Sarah Kay cuando era niña.

Los vi venir como a una bandada de pájaros, eran seis o siete hombres con los torsos descubiertos. Venían desde la otra calle caminando muy rápido y saludando y tocando a todo el que pasaba. Alexis dejó de hablar con el chofer y me tomó por el brazo. Era tarde, los hombres ya estaban alrededor de nosotros.

Comenzamos a caminar. Los hombres saludaron al chofer y a Alexis. Alexis devolvió el saludo con compromiso, no dejamos de caminar. Los hombres tampoco. Se esparcían por la calle, caminaban rápido, nosotros también, yo no entendía nada. Alexis apretaba mi brazo y me llevaba casi a rastras. Sentí miedo.

Había un hombre muy feo, calvo recuerdo, que tenía los ojos pintados con sombra muy azul, casi de disfraz, y los labios rosados, muy rosados. Saludó a Alexis y le dio un beso en la boca, lo agarraba. Alexis contestó el saludo sin soltarme. No eran malandros, eran violadores, violadores que conocían a sus víctimas. Como los de las cárceles, todos saben quiénes son, y son, siempre, los que tienen el poder.

El hombre de boca muy rosada se acercó a mí. Alexis no pudo evitarlo. Me besó en los labios, quise apartarlo sin ser brusca, y toqué su pecho y sus brazos. Sentí un cuerpo asquerosamente grasiento. Me desperté.

Esa mañana hizo un calor terrible. Tuve que tomar el subte hacia el centro. Entré como pude al vagón repleto de gente sudada. No quería tocar a nadie. Sentía asco de todos.

Tomé de mi cartera el libro que Gustavo me había regalado semanas antes. Iba por la mitad, más o menos. Bajo tierra había ganado un premio y quería leerlo pronto para poder hablar con el autor acerca de mis impresiones sobre su primera novela, dos veces premiada.

Un mendigo y dos estudiantes recorren grutas llenas de mierda, cucarachas y ratas debajo de Caracas, mientras arriba la ciudad se hace insoportable. Entendí porque había tenido ese sueño. Tenía esa historia incrustada ya, hasta en lo más profundo de mí.

Salí del subte en la primera estación que pude, necesitaba subir a la superficie. Guardé el libro y caminé por Santa Fe hacia el centro. Me puse los audífonos y escuché  Everybody hurts de R.E.M.
  

agosto 25, 2010

El jabón azul

Hubo una época en la que a mi papá le dio por bañarse con jabón azul. Jabón de panela, para ser más exactos, el famoso “las llaves”. Seguramente alguien le dijo que con ése quedaría más limpio, dudo que más oloroso, y es de esperar de un producto sólido, barato y duradero que funciona muy bien en los pañales de tela o en la ropa blanca. Años después aprendí que es remedio infalible para la piel grasosa, mata todo. Además se corta en dos partes y cada una rinde un poco más que un jabón de tocador convencional. 

Entonces mi padre solo compró jabón azul. Una tarde, después de llegar de una hacienda con el olor a bosta pegado en la piel, se dispuso a darse un baño con su trozo de jabón, cuando descubrió una imagen entre las líneas blancas que pintan el azul mar saca grasa. Es la Virgen, dijo. Ahí se ve clarita. 

La historia pasó por muchas manos. Guardado en una cajita de plástico transparente, aquel pedazo de jabón se hizo famoso y, a partir de ahí, comenzaron a aparecer vírgenes y santos milagrosos en los jabones de los vecinos, sin importar del color que fueran. De eso hace muchos años, pero hoy me recuerdo minutos largos bajo la ducha dejando caer el agua mientras revisaba minuciosamente el jabón que usaba, con la esperanza ingenua de encontrar algún milagro. 

Con el pasar de los días, la virgen se fue poniendo más blanca y más endurecida. Muchas veces en las que se había acabado el detergente para la ropa, me vi tentada a tomar el curioso trozo de jabón, pero con eso podía arruinar la felicidad eterna de mi padre, así que descartaba la idea y dejaba la ropa sucia para otro día. 

Al cabo de un tiempo, ya no era una, eran varias las siluetas de vírgenes y hombres sin nombre y sin oficio que mi papá guardaba en cajitas de plástico y que servían de entretenimiento para la visita a la hora del café. Pero meses después, sin aviso previo, se le había pasado la idea de redención jabonera y se entretuvo con otras aventuras más profanas. 

Hoy, quité el envoltorio de un Toronto, un chocolate venezolano en forma de bolita que me envío mi papá hace unas semanas. Creí ver en él un mapamundi, y recordé esta historia.

A mis hermanos.

julio 18, 2010

El tipo, la línea

Este es “el tipo”. Un cierto tipo que aparece y se esconde en un mundo caótico, suburbano. Ante la mirada del espectador puede convertirse en un santo o un diablo, pero sigue siendo “el tipo”. El tipo de la barba que acompaña los recuerdos de infancia y las aventuras recientes.

De sus sueños, Juan Quintanillo extrae las montañas nevadas, los cuernos y narices rojas, hombrecitos recién escapados de un cuento que anhelan la redención. En sus aventuras, los hombrecitos cobran vida para dejar huellas inexorables. Se disfrazan, juegan a ser otro y se reflejan en el propio espejo.

De su empeño, la línea. La línea que Juan ha trabajado desde hace varios años y que se muestra ahora como parte del todo para formar una obra lúdica y figurativa.

Cada tipo está ubicado en su mundo, como El Principito de Saint-Exupéry; mientras Juan reivindica el uso de la línea en el dibujo más contemporáneo.


*Texto para la exposición Barba Santa.
(Galería Zukai 21/05/10)

junio 06, 2010

Las bolas del toro

Hacía un tiempo que me atraía José, pero como estudiaba un año menos que yo, me daba pena que mis amigas dijeran que me gustaba “un niño”. Los grupos de cuarto y quinto año siempre andaban juntos, sobre todo porque usábamos la franela beige que nos distinguía de las demás ovejas del rebaño que se internaba desde la una de tarde en aquel edificio de dos pisos, paredes blancas y olor a tequeño de merienda.

Éramos los reyes del colegio. Estudié en uno pequeño, la mayoría de mis compañeros vivían cerca de mi casa, cerca del cole, del centro comercial, del salón de fiesta de la urbanización. Era un mundo paralelo en el que nos movíamos con confianza. Me podía encontrar a José en cualquier lugar, así que aproveché una tarde en el centro comercial, frente a la heladería de la mamá de Nerio, para decirle que sí quería ser su novia. Mis amigas aceptaron que tuviera un novio menor y, curiosamente, mi papá también. “Sólo te puede visitar cuando yo esté. ¡Cuidado con una vaina!”, sentenció.

José insistía en conocer a mi papá, pero yo me negaba pues a los 16 años -mis 16: niña promiscua que vive con padre divorciado y posesivo-, era complicado llevar un novio a la casa. Acepté. Esperamos una tarde que papá llegara para subir al apartamento. Ese martes llegó con un amigo de la universidad, ambos tomados, casi borrachos. Sentados en los muebles color mostaza de la sala, bajo la lámpara de círculos de madera que daba un ambiente de living para video de MTV, mientras yo traía más cervezas de la nevera, mi papá le preguntó a José qué quería estudiar en la universidad y, sin dejarlo contestar, le recomendó la Facultad de Veterinaria, donde él era profesor titular desde hacía casi treinta años. José se sintió cómodo, me miraba y sonreía, se sentía aceptado por mi padre.

A la tercera cerveza, mi papá comenzó a explicar la manera como atendía a la vacas cuando tenían sus becerros, como con unos guantes de hule, arremangados hasta el hombro, les metía el brazo por la vulva para ayudarlas a parir y, con mucho detalle, como le cortaba los testículos a los toros para que no las volvieran a preñar. Hizo un brindis con José -y con su amigo el profesor callado y secuaz- y le dijo que él había practicado esa operación muchas veces por lo que sería muy fácil hacerla a un humano… “las bolas de los toros, y toda su anatomía, se parecen a las de los hombres”.

El rostro de José cambió de un moreno atractivo a un pálido temeroso. Mi papá insistía en el tema. Cuando pudo, José dijo que se tenía que ir. Papá lo acompañó a la puerta y le dijo que no se preocupara por lo que había escuchado, que él solo sería capaz de eso si “alguien” le hacía “algo” a “alguna” de sus hijas.

Al otro día en el colegio José no se acercó a mí. Le dijo a María Luisa que me comentara que yo ya no le gustaba. Al final, mis amigas tenían razón, José resultó ser un niño. Uno de esos que se asustan por una simple operación de bolas de toro.

mayo 30, 2010

Atormentadas

La piel duele, calcinada, pero no se oculta ante la mirada del intruso. Cuerpos que son forma de vida, gordas en la playa, no hay estética instituida. Es sólo ser lo que se es, y exponerse como mercancía.

Es así como Mariana Lobosco nos muestra la belleza inusual de esos cuerpos al sol en la playa de La Perla. Mujeres en las que estalla el color. Los tonos se confunden, es piel y es tela de malla que arropa las costumbres, el devenir, el encantamiento visual que se mueve entre el verano rioplatense y la vida misma.

En este espacio maravilloso del acontecer, del ser-como-soy, complementan la muestra las Barbies de Soledad Rithner. Oposición visual y cultural que sentó sus bases en un país con herencias diversas. Estética relativa, que coquetea con unos más que con otros. Extremos de una realidad marcada por el consumismo y la necesidad de dejarse ver.

De Mariana mostramos la alegría del descanso: la vida pasa despreocupada, la extensión del cuerpo en el recreo eterno del sol.

De Soledad, la adoración del mito, la sugestión del cuerpo que se impone, la obsesión por ser otra. La dieta en la cartera. La imagen que persigue.

Mujeres presas de un cuerpo que pertenece a lo público.


*Texto para la exposición Atormentadas.
(Cortina Abierta 13/03/10)